Preguntas y respuestas espirituales perfectas
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Quien mate a otro ser humano, o incluso a varios, por cualquier motivo (en realidad, no hay razón para quitar la vida a ningún ser humano ni animal; no existe justificación alguna para matar), debe ser ejecutado. Al condenar a muerte a un asesino, el gobierno muestra clemencia, pues si no muere en esta vida, morirá en vidas futuras y sufrirá repetidamente en lugar de una sola.

La justicia kármica, o justicia divina, considera que el alma, encarnada en un cuerpo humano, sobrevive a la muerte de dicho cuerpo y se reencarna vida tras vida. Desde esta perspectiva, es esencial que quien comete un asesinato pueda expiar este grave acto sacrificando su propia vida. De hecho, quien comete un crimen debe ser ejecutado para que su vida pueda ser sacrificada como expiación. Al abolir la pena de muerte, los gobiernos han cometido un grave error que condenará a los criminales a un gran sufrimiento en sus vidas futuras y a ser ejecutados. (Todos aquellos que son asesinados son un ejemplo de ello).

Así pues, quienes mueren jóvenes, sea cual sea la causa, sufren a su vez la interrupción de su existencia, porque en su vida anterior quitaron la vida a otro ser humano. Lo que hicieron les sucederá en su próxima vida de la misma manera, con sufrimiento añadido.

Quienes hayan causado sufrimiento a un ser humano, provocando la amputación de una extremidad, como un brazo o una pierna, o dejándolo ciego, sordo o mudo mediante un acto violento, sufrirán exactamente el mismo destino en su próxima vida, o nacerán con una discapacidad idéntica: la ausencia de una extremidad o de la mitad de una, o sordera, mudez o ceguera.

Quien maltrate o viole a una persona también será maltratado en su vida futura en las mismas circunstancias y reencarnará en un cuerpo del mismo sexo que su víctima. De este modo, experimentará el sufrimiento resultante. Los racistas nacionalistas, expansionistas, materialistas y políticos se reencarnarán en las mismas comunidades que odiaron y vilipendiaron, y a su vez sufrirán todo el dolor que expresaron y propagaron en sus vidas anteriores.

Aquellos que son ateos, que rechazan a Dios y se niegan incluso a oír hablar de Él, verán cumplido su deseo. Se reencarnarán en cuerpos animales, pues el cuerpo animal está cerrado al conocimiento y solo es accesible a los placeres sensoriales: comer, dormir, aparearse y defenderse. Solo después de numerosas reencarnaciones en el reino animal se les ofrecerá de nuevo un cuerpo humano, con la esperanza de que esta vez se conviertan a Dios. Tal es el propósito de la existencia.

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